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September 22 ¿Por qué hay que regalarles flores a las mujeres?El hecho de regalar flores a una mujer es un clarísimo acto de falso compromiso afectivo, llevado a cabo en complicidad por ambos miembros de una pareja sin que ninguno de los dos admita abiertamente la realidad de ese gesto carente de todo auténtico sentimiento. Para ilustrar esta verdad, describo un caso habitual: El tipo vuelve a su casa a la tardecita manejando su auto, escuchando por la radio un periodista que habla de los millones que se llevó Del Potro por haber ganado el US Open, cuando al parar en un semáforo ve a un pibe vendiendo flores. Antes de espantarlo como hace habitualmente con los malabaristas y vendedores de las esquinas, realiza una rápida recorrida mental de las fechas en que las flores resultan útiles: "Aniversario... mmm no; día de los enamorados... mmm no; día de la mujer... mmm no; día de la madre... mmm no; día de la primavera... ¡Día de la primavera!". Haciendo caso omiso de las puteadas y los bocinazos provenientes de la fila de autos que se formó detrás suyo, baja la ventanilla, pone las balizas y llama al pibe de las flores. "¡Chssst! ¡Flaco! ¿Cuánto está el ramo de rosas?". "40 pesos el ramo de seis"; contesta el pibe. "¡40 pesos! ¡Qué afano!", piensa el tipo al principio, pero después pone en la balanza que con esos $40 va a quedar bien con su jermu sin haber hecho el más mínimo esfuerzo. "¡Dame uno!", le grita, al tiempo que pela un 50 de su billetera. "¿De cuáles quiere, jefe? ¿Rojas, rosadas, blancas o este surtido, que trae dos de cada?". "¡Qué se yo! ¡Dame cualquiera!", apura el tipo ante la insistencia de los bocinazos y las puteadas. Al llegar a casa con el ramo, la mujer se emociona y le dice toda conmovida: "¡Mi amor! ¡Qué lindas, gracias por acordarte!", aún sabiendo que el tipo las compró recién en un semáforo. Va, las pone en un florero con agua, prepara una cena especial mientras el chabón mira el noticiero, manda a los chicos a dormir temprano, prende unas velas, se pone un camisón sexy, abre un vino, etc. etc. etc. Me niego a representar esa farsa. Por eso no le regalo flores a mi mujer. Prefiero un gesto más jugado, como escribir una poesía o una canción. Muy pocas veces (por no decir nunca) encuentro la inspiración necesaria para hacer cualquiera de las dos cosas, por eso es que en muchas de las fechas especiales para la pareja vuelvo a casa con las manos vacías. "¡No fuiste capaz de traerme ni siquiera un ramito de fresias!", es el reproche que obtengo por mantenerme fiel a mis convicciones. Me lo banco estoicamente, y eventualmente intento compensar la falta de obsequios afectivos pidiendo por teléfono algo que resulta mucho mucho más satisfactorio que un ramo de flores que se seca en un par de días. Por ejemplo, un kilo de helado, o una grande de palmitos con cuatro fainas. September 11 Oda a las crestas ilíacas![]() Oh, firmes y suaves asideros de mis locos ímpetus primales. Sois borde, sois contorno de un volcán de placeres celestiales. Oh, hermosas osamentas cuántas veces de vosotras me he aferrado para dar a vuestras honrosas dueñas mil placeres más allá de lo soñado. Oh, suaves y gloriosas curvaturas que dais forma a la figura femenina. Recorreros quisiera eternamente en arranques de lujuria repentina. Oh, estribos de placeres sodomistas. Oh, antesalas de vínculos carnales. Vuestras fauces devorarán mi carne que morirá de blanco en sus espasmos finales. September 05 Llamado a la solidaridad: se busca musa inspiradora![]() Me pregunto qué puede ser peor que una historia que termina mal, con un final triste o trágico. Y me respondo con una simple verdad: peor es una historia inconclusa, a la que no se le ha encontrado un final. La historia trágica o triste al menos tiene un fin, una conclusión, un cierre. Ese fin puede ser el principio de otras historias, puede permitir el surgimiento de nuevas expectativas y esperanzas. En cambio, la historia inconclusa sigue ahí.
Siempre. Como una condena o un tormento, como una herida que no sana,
como una espina que no se quita. Como una hoja escrita a medias. Así
está la hoja que tengo en este momento delante de mí. No es una hoja de
papel, es una hoja virtual, en la pantalla de la computadora, con un
cursor titilante que espera incansable a que yo use mis palabras para
darle a ese rectángulo blanco una razón de ser. Pero mis dedos
descansan sobre el teclado sin animarse a articular el más mínimo
conjunto coherente de letras.
¿Dónde están las musas cuando se las necesita? ¿Por qué no vienen a asistirme con ideas sorprendentes, como han hecho en otras ocasiones? ¿Acaso se han enojado conmigo y decidieron dejarme a la deriva, para disfrutar sádicamente viéndome imposibilitado de terminar una historia? Mientras deliro con mis elucubraciones, escucho cómo la noche va de a poco apagando el frenesí de la ciudad. El aire denso de la cálida oscuridad veraniega se abre paso entre las cortinas de la única ventana de la habitación, dándome de lleno en la cara y arrancando de mi frente unas pesadas gotas de sudor que bailan ante la luz mortecina de un tubo fluorescente. Me tapo la cara con las manos, como si en la oscuridad de mis palmas pudiera encontrar la inspiración que me está faltando. Mientras, veo por entre mis dedos que algo se mueve en la pantalla. Unas letras comienzan a escribirse solas en la hoja de papel virtual. "¿Qué te ocurre?", preguntan las letras surgidas espontáneamente, sin que yo haya siquiera soplado sobre el teclado. Lo leo y lo releo. "¿Qué te ocurre?"
Reviso el módem, pero todas sus luces están apagadas. No estoy conectado a internet, lo cual hace imposible que algún hacker se haya metido en mi máquina y me esté jugando una broma. Tal vez enloquecí o estoy alucinando, o ambas cosas. Como sea, decido seguir el juego, y utilizo el siguiente renglón en blanco para escribir mi respuesta, como si estuviera en una sala de chat. --Nada, sólo estoy falto de inspiración --tipeo. Mi interlocutor inexistente formula otra pregunta, escribiéndola en la línea que sigue a mi respuesta. --¿Y nos culpás a nosotras, las musas? Espero unos instantes antes de emitir mi nueva respuesta, ya que quiero pensar bien lo que voy a escribir. --OK... ¿o sea que estoy hablando con una musa? ¿Con cuál de las nueve, si se puede saber? Ya que estamos, ¿me podés explicar por qué me abandonaron, por qué no me traen más ideas? Se ve que con ese comentario la hice enojar, por que la presunta musa comienza a escribir y no se detiene por un largo rato. No me sorprende que las musas sean mujeres... --Mirá, querido --no sé quién le dio tanta confianza a esta musa, pero en fin, la dejo que siga--, no estamos enojadas. Simplemente estamos cansadas. Ya te trajimos montones de ideas. Tomamos forma humana para poder influir más en tu vida. Te enseñamos cosas que no sabías, te llevamos a lugares a los que jamás hubieses ido por tu cuenta. ¿Y vos qué hiciste? Con cada idea o experiencia que te traíamos, empezabas una historia. Nos encantaba ver cómo te entusiasmabas con nuestros obsequios, y nos fascinaban las historias que iniciabas. Así que imaginate nuestra decepción cuando veíamos que esas historias quedaban truncas. Al primer obstáculo, ¡paf! largabas la historia y te olvidabas del tema. Y mirá que la gente te decía: "che, ¿qué pasa con tal personaje? ¿cuándo vas a seguir ese cuento?" Pero vos, ¡nada! Inmutable. No le agregabas ni una línea. Y lo peor es que querías más, más ideas, nuevas ideas. --Pero, ¿y qué se supone que debía hacer? --¿En serio me estás preguntando? ¿Qué debías hacer? ¡Laburar, querido! ¿Qué te pensás, que esto es un juego? ¿Querés ser escritor? ¡Laburá, vago! ¡Transpirá! Nosotras no te vamos a estar cantando todo para que vos tipees. Eso lo hace cualquiera. Lo que no hace cualquiera, y que se supone que vos sabés hacer, es transformar. Transformar las ideas en hechos, los nudos en desenlaces. Si no, las ideas se desperdician. Es como todo, la energía se tiene que transformar en acciones; el deseo, en satisfacciones; las promesas, en cumplimientos; los sueños, en realidades. Todo se tiene que transformar, sino se pudre, se deteriora, desaparece. Las letras aparecen en la pantalla con una rapidez que
avergonzaría al tipista más veloz. Y su velocidad sigue en aumento,
reflejando un creciente ímpetu en las expresiones.
--Vos te hiciste adicto a las emociones que te fuimos trayendo --sigue escribiendo la musa--. Te hiciste adicto a nuestras visitas, a los enamoramientos fugaces. Primero, una de nosotras te trajo un romance novelesco, idílico, casi adolescente, que te duró un largo tiempo, y te motivó a escribir un montón de pequeñas reflexiones, y hasta alguna que otra canción. ¿Te acordás? Después, otra musa te trajo una aventura inesperada, una increíble fantasía hecha realidad. Con eso escribiste un cuentito lindo y bien "hot", pero prometiste continuarlo. ¿Y qué pasó? ¡Ahí quedó! Y hubo otras, que te trajeron deseo, seducción, erotismo, lujuria, confusión y toda clase de emociones. Tan alcoholizado estabas, tal enamoramiento tenías con esas experiencias, que hasta tuviste que intentar una poesía para desenmarañar tus sentimientos. ¿Pero y las historias? ¡Siguen ahí, avejentándose, pudriéndose en lo profundo de tu mente! Comienzan a brotar lágrimas de mis ojos. Esta musa impertinente me está haciendo ver algo que no quería ver. Luego de secarme las lágrimas, como si me avergonzara que la supuesta diosa inspiradora pueda ver mi llanto, intento explicar mi situación. Casi enojado, justifico mi conducta. --Me hice adicto por que las ideas que me trajeron me permitieron
huir de la realidad, de una realidad que no me agradaba. Me abrieron la
puerta a un mundo nuevo, desconocido, en donde podía dar rienda suelta
a mis fantasías. Es como dijo Artaud: "Cualquiera que haya pintado,
escrito, esculpido o construido lo ha hecho sólo para escapar del
infierno". Sus ideas me permitieron escapar del infierno de la
monotonía, de una vida chata y vacía. Cuando comencé a escribir esas
historias, comencé a soñar. Me sentí libre. Y si no las termino es por
que, inconscientemente, no quiero que terminen. Soy como el alcohólico
que le echa agua al poco vino que le queda en el vaso, para hacerlo
durar un poco más.
Pasa un rato antes de que mi interlocutora retome la conversación. Es evidente que logré conmoverla.
--Te entiendo --escribe al rato la musa--. Parte de la culpa es
nuestra. Al fin y al cabo, nosotras te dimos la droga a la que te
hiciste adicto. Pero si me lo permitís, puedo dar alivio a tu tormento.
--¿Cómo es eso?
--Permitime terminar una de tus historias.
Instintivamente hago un gesto de desconcierto, como si la musa pudiera verme. Quizás pueda.
--¿Y cómo eso podría aliviarme? --le escribo.
--Cuando veas tu historia terminada, vas a sentirte feliz --me
contesta--. Feliz de haber concretado algo importante. Y lo principal
es que las ideas que te voy a dar van a ser sólo tuyas y de nadie más.
--Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?
--Casi nada --contesta la musa, y apenas termina de aparecer su
respuesta, una página se abre en la pantalla. Es una de esas molestas
páginas emergentes que habitualmente bloquean los navegadores de
internet. Es curioso que ésta no haya sido bloqueada... pero, ¿por qué
habría de sorprenderme? Al fin y al cabo, estoy chateando con una diosa
griega, un ser mitológico, a través de una computadora desconectada de
toda red.
Miro la página desplegada en la pantalla. Parece ser un contrato. Al pie, dos botones: "Aceptar" y "Rechazar".
Leo las claúsulas del contrato muy por encima, igual que cuando
acepto las condiciones de uso de algún software que acabo de instalar.
De todos modos, con leer unas pocas líneas del documento electrónico me
alcanza para saber de qué se trata. Debería haberlo imaginado. En algún
momento, cuando me propuse triunfar como escritor, estuve dispuesto a
darlo todo a cambio. Incluso mi alma. Y aquí está la respuesta a mi
pedido: mi alma a cambio de una novela exitosa. Quién lo hubiera
dicho... terminar como un mediocre Fausto capaz de dar su alma para
obtener un poco de inspiración. Ni me molesto en pensarlo dos veces. Al
fin y al cabo, muchas veces estuve dispuesto a vender mi alma por mucho
menos, y a estas alturas no creo que valga demasaido. Hago clic en
"Aceptar" y la transacción queda finalizada. El contrato desaparece y
mi diálogo con la musa vuelve al primer plano.
--¿Estás listo para recibir lo que acabás de comprar? --pregunta ella.
--Absolutamente.
--Entonces abrí la novela que quieras terminar, que entre los dos le vamos a dar fin.
No lo dudo. La elegida es "La séptima bruja". Abro el archivo, le
doy una rápida leída hasta llegar al último punto y aparte, y dejo
descansar mis dedos sobre el teclado. En cuestión de segundos, éstos
comienzan a teclear desenfrenadamente, plasmando en el texto ideas que
salen de mi mente y que siempre estuvieron allí, pero yo no supe
acceder a ellas, o no hurgué en el rincón adecuado para encontrarlas.
La trama cobra un giro inesperado y magistral. Los personajes
evolucionan, se vuelven complejos, cobran múltiples dimensiones. La
historia se torna diabólicamente atrapante, hasta llegar a un final
terrible y grandioso. Propio de las máximas tragedias de la literatura
universal.
Luego de tipear durante horas, mis dedos vuelven a descansar sobre
el teclado. Las luces del alba comienzan a reemplazar a la semipenumbra
de la habitación. Estoy exhausto, llorando a mares por la emoción de
haber concluido la que sin dudas será una obra maestra.
--¿Y? ¿Estás feliz o no? --pregunta la musa--. Te garantizo que
muchas editoriales renombradas están en este mismo momento peleándose
por contratarte, por publicar tu obra.
--Siento una especie de satisfacción, pero no sé si describirla como felicidad.
--Felicidad, satisfacción... es sólo cuestión de puntos de vista.
--No sé, pero presiento que esta satisfacción, o felicidad si te
gusta más, será efímera. Presiento que pronto se disipará, y otra vez
te estaré llamando para que me traigas más ideas. Sólo que sé que no
vendrás, por que no tendré nada para ofrecerte a cambio.
--Tal vez. Tal vez tu amigo Artaud se equivocó, y escribir,
pintar, esculpir o construir no es la forma de escapar del infierno,
sino el camino para llegar a él. Tal vez...
Un rodillazo en el botón "Reset" de la computadora pone fin a la
cháchara de ese demonio disfrazado de musa, o esa musa disfrazada de
demonio. En este momento siento desprecio por él o ella, pero sé que en
el futuro estaré pidiendo a gritos que vuelva. Caeré en las súplicas
más humillantes para rogarle que me traiga una idea, cualquier idea.
Pero sé que mis súplicas serán inútiles. Ya obtuvo mi alma, ¿qué más podría querer de mí?
Puedo ver mi futuro como si estuviera filmado en una película. Me
espera el éxito. La fama. Mi novela será un best-seller y pasará al
cine. Recorreré el mundo. Mi nombre estará junto al de los grandes.
Pero querrán más. Las editoriales me harán firmar contratos redactados
por los mismísimos abogados del diablo. Y no lograré dar forma a una
idea, ni la más elemental y trillada idea, así que mi obra será un
total desperdicio de papel. Caeré en desgracia, me volveré adicto al
alcohol o a algún otro vicio, y seguramente moriré en la miseria. Ya
está escrito, ¿cómo luchar contra ese destino?
Quién sabe cuántos autores han adquirido genialidad, han
inmortalizado sus obras, a cambio de entregar sus almas. Pero es
comprensible. Al fin y al cabo, no sé qué es más triste: vivir una vida
común, llena de historias inconclusas, o pagar con la condenación
eterna para inmortalizar una única y genial novela. |
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