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    July 26

    Muéstrame sólo tu lado más hermoso

    Muéstrame sólo tu lado más hermoso.
    Quiero ignorar tus defectos,
    creer que no los tienes.

    Déjame admirarte,
    idolatrarte, adorarte.
    Idealizarte.
    Déjame ser ingenuo
    y creer que sólo eres virtudes.

    No te acerques.
    Sigue cantando a lo lejos
    con tu voz de sirena
    y no sueltes las ataduras
    que me impiden ir en tu búsqueda.

    Diosa del Olimpo
    no desciendas a mi mundo.
    No te vuelvas mortal
    y déjame apreciar por siempre
    la perfección de tu belleza inalcanzable.

    Muéstrame sólo tu lado más hermoso
    que yo pintaré el resto
    en el lienzo perfecto de mi imaginación.


    Simón Templar           



    July 24

    La amante de la luna llena, 6ta parte: el reencuentro

    Es una noche terrible. A nadie en su sano juicio se le ocurriría venir a la playa con semejante clima. El viento hace golpear fuertemente los granos de arena contra mi cara. El aire está cargado de salitre. La luna llena apenas se deja ver en medio de unas pesadas nubes que amenazan con lluvia. Sentado en un médano, con mis brazos rodeando mis rodillas, me balanceo rítmicamente hacia delante y hacia atrás para tratar de mitigar el frío, mientras espero la llegada de la dama misteriosa.

    La negrura de la noche llena el espacio, viéndose cortada sólo de a ratos por algún rayo de luz lunar que logra filtrarse entre las nubes.

    Pasa el tiempo, pero no hay rastros de Andrea. Empiezo a pensar si realmente vendrá, y trato de imaginar cómo me sentiría si ella no se presentara y tuviera que volver a mi vida normal. ¿Aliviado? No lo creo. ¿Triste, deprimido, con la sensación de que me han roto el corazón? Es lo más probable.

    Miro hacia el cielo. Las nubes se corren por un momento para dejar paso a la fulgurante luz de la luna llena. Al volver la vista hacia la oscuridad del mar, la veo caminando por la orilla, con su vestido antiguo reluciendo con la momentánea claridad de la luna. Realmente parece un fantasma. Me pongo de pie y camino a su encuentro.

    Estamos frente a frente, mirándonos a los ojos, con los pies en el agua. Me toma de las manos. Intento decir algo, pero nada sale de mi boca. Su mirada me hipnotiza. No puedo quitar la vista de sus ojos. Siento que me sumerjo en ellos, y no existe otra cosa más que esos dos abismos azules. Me suelta una mano y, con la otra, me lleva caminando a su lado. No sé hacia dónde vamos, pero no me importa. Mis ojos no se apartan de los suyos, y sólo sé que quiero ser uno con ella.

    Siento frío, mucho frío, y sólo veo oscuridad. Mi cuerpo está dejando de producir sensaciones. Ya no sé si respiro. Lo último que alcanzo a sentir es la mano de Ana soltando la mía. Escucho gritar mi nombre, pero lejos, muy lejos. Tan lejos, que sería inútil tratar de responder.

    Me dejo llevar, aunque no sé a dónde, ni sé qué fuerza es la que me está llevando.

    Estoy solo, en un universo desconocido. La oscuridad y el silencio son absolutos.

    No.

    No estoy solo. Percibo una presencia. Una sensación conocida. Aparece un sutil punto de luz, que de a poco se va transformando en un círculo blanco. ¿La luna?

    El círculo de luz blanca cambia y adquiere una imagen que reconozco. Es ella. Andrea. Su cuerpo luminoso es el mismo que apenas alcancé a percibir durante nuestro primer encuentro. Ahora lo siento más próximo, más parecido a mí. Comienzan a aparecer preguntas en mi mente, y sé que Andrea las escucha, o las ve.

    “¿Donde estoy? ¿Estoy muerto?”

    La respuesta aparece en mi mente, pero con la voz de Andrea.

    “No estás muerto. Al contrario, has comenzado una nueva vida”.


    Continuará... (ya falta poco!)

    July 20

    A mis amigos y amigas, ¡gracias!

    Windows Live dice que tengo cientos de amigos, pero para mí que se queda corto. De todos modos, cualquier intento por contarlos sería inútil, siempre me estaría olvidando de alguno.

    No me gustan esas frases que dicen “un amigo es…” por que intentan definir lo indefinible. ¿Se puede decir, realmente, quién es amigo y quién no? Ese tipo que vio que me olvidaba las llaves en el asiento del subte y corrió para alcanzármelas antes de que me baje del vagón… ése es mi amigo. No sé ni quién es, ni volveré a verlo nunca, pero es mi amigo.

    No creo que haya buenos y malos amigos. Simplemente hay distintas clases de amigos, para distintos momentos.

    Tengo amigos a los que veo casi todos los días, y otros a los que veo cada muerte de obispo. A otros dejé de verlos hace treinta años, pero hace poco descubrimos que seguimos siendo amigos. A otros nunca los ví, excepto a través de un ícono en el msn.

    Tengo amigos a los que conozco desde que éramos pibes, y otros que conocí la semana pasada.

    Con algunos me hice la rata en el colegio. Con otros somos compañeros de laburo.

    Tengo amigos de mi edad, más viejos, más jóvenes… aunque los de mi edad me parecen cada vez más viejos.

    Tengo amigos con plata, sin plata, o que la pelean como yo.

    Con algunos hablo de cosas que no le contaría ni a un psicólogo, y con otros tengo un único tema de conversación. Con algunos tengo un trato muy formal, con otros nos hemos visto desnudos.

    Tengo amigos con los que sólo nos contactamos por temas laborales, pero aprovechamos para preguntarnos cómo andamos, cómo está la familia, cómo vamos piloteando la vida.

    Tengo amigos con quienes he llorado, a quienes di consuelo y me dieron consuelo. También algunos con los que nos peleamos y después nos reconciliamos.

    Tengo amigos sabios que me dan buenos consejos, y otros que me llevan por mal camino. Y aún otros que hacen ambas cosas.

    Tengo amigos de cuatro patas, que mueven la cola y ladran cuando llego a casa. Tengo dos amigos que me dicen “papá”. Tengo una amiga que duerme conmigo todas las noches.

    No importa cuántos sean, ni importa cómo sean. Lo importante es que estén; aunque no estén siempre, pero que estén, y que cuenten conmigo. A todos, gracias. Y que pasen un muy feliz día!


    July 10

    Pasión ciega

    Oscuridad. Frío. Temblores. Sonidos confusos, incertidumbre. Fragancias exóticas... creo distinguir una mezcla de patchouli, canela y cardamomo.
    La percibo cerca. Los sonidos comienzan a cobrar sentido.
    La liviandad de su ropa no alcanza a engañar a mis oídos. Escucho las prendas caer y arrugarse contra el suelo. Los sutiles movimientos de sus pasos desnudos tampoco me son extraños. La escucho acercarse a mí. Las fragancias de la habitación se ven reemplazadas por un perfume más complejo, más intenso, más excitante, mezclado con el perfume natural de su piel.
    Está cerca. Escucho su respiración, e imagino el vaivén de su pecho al inspirar y exhalar.
    Siento las yemas de sus dedos acariciando mis mejillas, tanteando mis labios.
    Otra vez su respiración. Y la mía. Y nada más. Sé que me está contemplando. Está esperando para ver cómo la ansiedad me excita. Y la excita. Imagino su sonrisa perversa, pergeñando su próxima acción. Ya ató mis brazos a la cabecera de la cama. ¿Qué más hará?
    La espera concluye. Sus labios se acercan a mi pecho, lo rozan, lo humedecen. Los imaginos gruesos y rojos como el rubí. Suben por mi cuello, dejando en él un rastro de humedad. Presionan mi lóbulo. El calor de su aliento llena mi oído. Sus palabras soeces incendian mi mente, enloquecen mi imaginación.
    Otra vez se aleja. Otra vez, sólo se escucha su respiración y la mía. Pero sólo por unos eternos segundos.
    Sus labios entran en acción una vez más. Pero ahora sobre mi sexo. Mi cuerpo se crispa de excitación. Deseo ver, lo deseo desesperadamente. Imagino el brillo de su lengua recorriendo mi piel tirante, dejándola barnizada de saliva.
    Intento sin éxito contener un grito.
    La succión de su boca se detiene, su calor se aleja. Pero percibo otro calor, un calor más reconfortante, más extenso, más abrigado. Es el calor de su entrepierna, el de su sexo recostándose contra el mío. Nuestros vellos se enriedan. Sus muslos flanquean mi cintura, sus uñas se clavan en mi pecho.
    Nuestros vientres comienzan un baile suave, apretado, húmedo de sudores mezclados.
    Mis brazos luchan inútil y desesperadamente contra la soga que los ata. Mi cabeza se mueve frenéticamente hacia un lado y hacia el otro en un vano afán por quitar la venda de mis ojos.
    Desearía no haber seguido sus instrucciones con tanta vehemencia. "Usa esta venda para cubrir tus ojos", decía la nota que encontré sobre la almohada, al entrar en la habitación. "Atala en tu nuca con tanta fuerza como puedas, tanta que ni vos mismo puedas desatarla. Luego desnudate y esperame, que yo haré el resto. Maryah". Lamento haber seguido sus instrucciones tan al pie de la letra.
    Nuestros movimientos aumentan en intensidad. Nuestros gritos se funden en un acorde bestial y primitivo. Mi cuerpo se retuerce, mi carne late y estalla en su interior.
    El clímax se desvanece. Nuestros músculos se relajan. Su cuerpo se desploma contra el mío. Sus labios se unen a los míos para un último beso. Luego se alejan, pero sólo un poco, y pronuncian la trágica sentencia: "adiós".
    Siento mi cuerpo aliviado del peso que lo oprimía. Siento que el nudo que ata a mis muñecas se afloja. Me apresuro a liberar mis manos y a quitarme la venda que me ciega. Me incorporo. Mis ojos descubren una habitación vacía. Maryah se ha ido.
    Sentado en la cama, aún intentando volver mi respiración a su ritmo normal, dirijo mi vista hacia la única vela que ilumina el ambiente. Todavía siento su perfume en mi cuerpo. No quiero moverme. No quiero hacer nada. Sólo quiero perpetuar esa sensación en mi nariz, quiero que ese perfume me conecte para siempre con el recuerdo del éxtasis que acabo de experimentar, el recuerdo de esa pasión que acabo de vivir; enceguecido, pero con el resto de mis sentidos intensificados al extremo.