Peter's profileBienvenidos a mi lado os...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
November 18 Cuento: La amante de la luna llena, 2da parte(Autor: Yo)
(ver la primera parte más abajo)
La luz de la luna se refleja en cada una de sus curvas, haciendo que la mujer parezca una estatua griega tallada en mármol reluciente.
Se da vuelta y me mira sonriente, haciéndome un gesto para que la acompañe. Luego vuelve a darme la espalda y comienza a bajar del medano, caminando en dirección a la playa.
Me levanto y comienzo a quitarme la ropa, dejando caer cada prenda en la arena tras de mí. Primero la corbata, luego el saco, la camisa, y finalmente los pantalones y los boxers. Hace demasiado frío como para andar en estas condiciones, pero quizás por el alcohol ingerido, mi cuerpo no parece sentirlo.
Al bajar del medano, veo a Andrea caminando por la rompiente, con el agua hasta los tobillos. Me apresuro a acerarme a ella. El mar está calmo y el agua se siente tibia al contacto con los pies, lo cual invita a adentrarse más hacia lo profundo.
La dama se para frente a mí y toma mis manos con las suyas, mirándome a los ojos. Así nos quedamos unos instantes, desnudos, frente a frente, conectando nuestras almas por medio de la mirada. Luego suelta mis manos y rodea mi cuello con sus brazos, acercando sus labios a los míos y, finalmente, besándome. Respondo al abrazo rodeando su cintura con mis brazos y apretando su cuerpo contra el mío. La escucho emitir un gemido casi imperceptible.
Me suelta y se recuesta sobre la arena mojada, invitándome a acompañarla. Me tiendo en la arena a su lado, la abrazo y retomo el beso antes interrumpido.
Nuestros cuerpos entrelazados comienzan a rodar por la rompiente, mientras diminutas olas nos bañan con reflejos de luz lunar. De pronto nos quedamos estáticos, respirando aceleradamente. Andrea está encima de mí. La miro a los ojos, y todo a nuestro alrededor desaparece. Sólo veo sus pupilas relampagueantes de rayos de luna, su pelo mojado cubriendo desprolijamente su cara, cuello y hombros, su boca entreabierta y jadeante. Con las palmas apoyadas en la arena mojada, deja caer lentamente su boca contra la mía. Nos fundimos en un beso desesperado. Nuestros cuerpos entran en comunión.
En medio del torbellino de pasión, una palabra cruza por mi mente: “protección”. Trato de separar a Andrea de mí, explicándole que en el pantalón dejé los preservativos, pero me ignora completamente. Vuelve a besarme para que me calle, mientras su cuerpo comienza a realizar un movimiento ondulante y sus gemidos crecen en intensidad.
Cierro los ojos para concentrarme en las sensaciones de mi piel: el calor del cuerpo de Andrea, la arena húmeda a mis espaldas, la espuma de las olas rodeando mi cuerpo. A pesar de tener mis párpados cerrados, de todos modos la veo. Pero no veo su cuerpo; la veo como un ser luminoso, flotando sobre mí. Detrás, el cielo nocturno, las estrellas y la luna.
La luz blanca que emana de la figura de Andrea se hace más y más fuerte, pero no me enceguece. En seguida cubre todo mi campo visual, abarcándome a mí también, al tiempo que comienzo a experimentar una sensación más intensa que diez orgasmos condensados en uno solo, que explota en lo más profundo de mi alma.
Luego de esa intensa experiencia extrasensorial, la escena deja paso a la oscuridad de mis párpados vistos desde adentro. Con dificultad, logro abrir mis ojos, viendo a Andrea (esta vez, con su cuerpo físico) tendida a mi lado, contemplándome y acariciando mis mejillas con ternura. Me siento exhausto, pero experimentando una profunda paz.
Antes de desvanecerme y de que mis párpados vuelvan a cerrarse, alcanzo a ver a Andrea alejándose de mí, caminando en dirección a los médanos. Lo último que alcanzo a pensar, antes de desmayarme, es en lo hermosa y angelical que es esa mujer.
…
Abro mis ojos para descubrir el alba. Estoy tiritando de frío, tendido en la arena húmeda, cubierto únicamente con mi camisa a modo de sábana. No sé qué pasó, si lo de anoche fue una alucinación inducida por el alcohol, o si realmente pasó lo que con dificultad alcanzo a recordar. Tuve borracheras antes, pero nunca una que me produjera semejantes efectos. Con gran dificultad, y luchando contra un agudo dolor de cabeza, logro incorporarme.
Miro alrededor; la playa está desierta. A un par de metros veo un pequeño montículo, que parece ser el resto de mi ropa. Esto confirma que lo que ocurrió anoche no fue alucinación: estoy seguro de que mi ropa había quedado en el medano, así que alguien tuvo que haberla traído hasta aquí. Tuvo que haber sido Andrea.
Me pongo la camisa, los boxers y el pantalón, haciendo un bollo con el resto de las prendas y colocándolo debajo de mi brazo. Camino descalzo hasta el lugar de la fiesta. La calle de tierra no es nada amigable con las plantas de mis pies, pero quiero irme de esa playa lo antes posible. Al llegar a la propiedad veo que están desmontando la carpa. Los únicos vehículos que siguen ahí son mi auto y el camión donde están cargando el equipamiento de la fiesta.
Al acercarme a mi auto, se me aproxima un cuidador, que me mira con una expresión que mezcla extrañeza con una sonrisa cómplice.
–¿Qué le pasó? ¿Se encontró con el fantasma de la luna llena? –me pregunta. –¿El qué? –Nada, un cuento de las viejas de acá. Dicen que las noches de luna llena, con la marea alta, aparece una fantasma que busca novios para llevárselos con ella al otro mundo.
El comentario del cuidador no tuvo ninguna intención de asustarme, pero de todos modos me dejó más helado de lo que ya estaba. No sé si Andrea habrá sido un fantasma, pero de seguro algo raro había en ella. Como sea, no tengo intenciones de seguir allí más tiempo, así que busco las llaves del auto, que por suerte siguen en el bolsillo del saco, y me dispongo a abrir la puerta del coche, al tiempo que escucho de nuevo la voz del cuidador.
–Espere señor, tiene una mancha en la espalda de la camisa. A ver, no, espere. Parece que más bien es algo escrito.
Rápidamente me quito la camisa y miro la espalda de la misma. Efectivamente hay algo escrito, aparentemente con una piedra de alquitrán de la playa. La escritura no es muy clara, pero llega a entenderse lo siguiente: “te espero acá la próxima luna llena a las doce y media”.
Miro al cuidador y él me mira. Ambos quedamos atónitos por un momento, pero enseguida el hombre cambia su expresión por un gesto risueño e intenta tranquilizarme.
–No se va a creer en serio eso del fantasma, mire que es puro cuento. Alguien le debe haber hecho una broma. Póngase el saco que hace frío, tómese un café y vaya tranquilo.
Agradezco al hombre por sus consejos y me voy de allí tan rápido como puedo, para volver a la tranquilidad y seguridad de mi departamento en Montevideo.
Continuará... November 07 Cuento: La amante de la luna llena(autor: Yo)
Este va a ser mi sexto daiquiri, y no hace ni dos horas que comenzó la fiesta. Pero qué le voy a hacer, no conozco prácticamente a nadie en todo el lugar, y me tocó sentarme en una mesa donde todos se conocen entre sí, y yo soy el único extraño. A Juan, el novio, lo conocí hace apenas 10 días, si bien en ese escaso tiempo nos hicimos grandes amigos (de otra forma no me hubiese invitado a su casamiento), y a la novia nunca la había visto antes en mi vida. Para colmo, todos me ven como a un paria por no tener pareja. La invitación decía “Andrés Fernández y Señora”. Pobre Juan, se enteró de mi separación después de entregarme la invitación.
¿Para qué vine? Sí, ya sé, para poder comer y tomar todo lo que quisiera, a cambio de un simple regalo de casamiento. Pero ahora no sé si fue buen negocio. En fin, no me queda otra opción más que ingerir cantidades de alcohol suficientes para desinhibirme y entablar conversación con quien sea que se me cruce.
Con un codo apoyado en la barra de tragos, intento hacer un paneo por la multitud, tratando de detectar alguna fémina en condiciones similares a las mías: sola, alcoholizada y con ganas de hacer nuevas amistades. La primera recorrida visual por todos los posibles prospectos no arroja ningún resultado satisfactorio. Ninguna que aparente reunir las tres condiciones básicas. En la segunda pasada tampoco logro descubrir a ninguna mujer apta para un lance.
Empino el trago, echando lo que queda de daiquiri en mi garganta. Al elevar el codo, inevitablemente veo la hora en mi reloj. Las 12:30. ¿Recién las 12:30? Si sigo tomando así, antes de la una de la mañana voy a quedar desmayado y me voy a perder el resto de la fiesta. Bah, como dice Raphael, “qué más da, qué más da, qué más da”.
Ya con la dosis extra de alcohol en mi estómago, hago una tercer recorrida visual. Esta vez mi vista se detiene en una figura que llama mi atención. Es hermosa, no cabe duda. Su vestido es extraño; parece antiguo. No sé nada de modas, pero yo diría que tiene una onda “retro”, como de los 60. Parece estar sola, al igual que yo, por que su mirada recorre la multitud haciendo paneos iguales a los míos. Quizás no esté alcoholizada aún, pero todavía está a tiempo. La noche está en pañales.
Su mirada se cruza repentinamente con la mía, pero por alguna razón no puedo sostenerle la vista. Instintivamente dirijo mis ojos a cualquier otro objetivo. Unos instantes después, vuelvo a mirarla y, para mi desgracia, descubro a un par de tipos intentando abordarla. La escena me produce una especie de furia, mezclada con impotencia. Pero ¿qué voy a hacer? ¿Decirles a esos tipos que yo la vi primero? Me siento ridículo de sólo pensarlo como una posibilidad. Nada, me doy vuelta y le pido al barman que me prepare otro daiquiri, pero esta vez de frutilla. Los anteriores, ¿de qué fruta eran? La verdad, ni me acuerdo.
Ya con el trago en la mano, vuelvo a apoyar el codo en la barra y a contemplar a la muchedumbre. La dama que antes había estado mirando ya no está, y a los dos acosadores tampoco los veo. Ellos probablemente se hayan sumado al grupo que revolea al novio por los aires, pero la dama definitivamente desapareció. Qué raro.
Dirijo mi mirada al vaso de daiquiri, como si esperase encontrar algo entre la mezcla de pulpa de frutillas y ron. Noto que mi estabilidad empieza a fallar; señal de que el nivel de alcohol en mi sangre está alcanzando niveles críticos. Una voz proveniente de mi derecha me distrae de la contemplación del daiquiri. Es una voz femenina y delicada; casi sensual.
–Hola –dice simplemente la voz.
Levanto la cabeza, tratando de disimular el mareo, y la veo: es la dama del vestido retro, mirándome con una amable sonrisa. Me habló a mí. Me dijo “hola”. ¿Por qué? Debería contestarle, pero sin que note que estoy borracho. ¿Por qué pasa el tiempo y yo sigo callado? ¡Fernández, decí algo por favor!
–Hola –le contesto luego de unos eternos segundos, tratando de mostrar una sonrisa tan amable como la suya. –Me llamo Andrea –se presenta la dama, extendiendo su mano para saludarme. –Encantado. Yo soy Andrés –le contesto, mientras me inclino para tomar su mano y besarla en los nudillos, actuando como si fuera un caballero inglés. Es el alcohol que me está llevando a comportarme de esa manera–. ¿Viniste sola? –Sí. –Qué casualidad, yo también. Soy amigo del novio –le aclaro–. ¿Vos sos amiga de la novia o del novio?
No me contesta. En cambio, recorre con su mirada a la multitud, contemplando con seriedad una escena en la que decenas de hombres y mujeres, con trajes y vestidos de noche, respectivamente, expresan su júbilo por los recién casados bailando, empujándose, saltando, etc. Por su gesto de extrañeza, pareciera que no entiende por qué la gente manifiesta su alegría de formas tan primitivas.
–Me gustaría ir a tomar aire, a caminar un poco. ¿Me acompañarías? –dice Andrea luego de un rato. –Pero por supuesto –le digo, ofreciéndole el brazo para que se tome de él.
Dejo el trago a medio tomar en la barra e intento arreglar un poco mi aspecto, ajustándome la corbata y enderezándome el saco, el cual ya había comenzado a inclinárseme hacia mi hombro izquierdo. Luego emprendemos la caminata, tomados del brazo.
Fue afortunada la decisión de los novios de organizar su fiesta de casamiento en el balneario Bello Horizonte. Está a escasos 60 Km de Montevideo, lo cual, para quienes vivimos en la capital, nos sirve de excusa para escaparnos del ruido de la ciudad, pero sin tener que viajar demasiado. Por otra parte, en esta época del año (principios de la primavera), el balneario está prácticamente desierto, por lo que no hay posibilidades de que algún vecino antipático se queje de los ruidos molestos.
La elección del lugar también fue afortunada. Es una propiedad con un gran parque, el cual –a diferencia de la mayoría de los terrenos en este balneario– está casi desprovisto de árboles. Tal superficie es más que suficiente para contener a la gran carpa en donde se está llevando a cabo la fiesta. De esa carpa estamos saliendo Andrea y yo, para tomar un poco del aire fresco de la noche primaveral. Una vez fuera de la carpa, con un gesto de asombro contemplo cómo una enorme luna llena tiñe de plateado todo a mi alrededor. La veo a Andrea cerrar sus ojos e inspirar profundo, como si quisiera llenar sus pulmones con la luz de la luna.
–Qué noche increíble, ¿no? –le digo.
En lugar de responder a mi trivial comentario, Andrea suelta mi brazo y comienza a caminar. Tras dar unos pocos pasos, se detiene y voltea a verme.
–Vení, seguime –me dice. –¿A dónde vamos? –A la playa. –¡Claro! ¿Por qué no?
“Por que hace frío”, “por que tengo zapatos nuevos”, “por que no te conozco”, hubieran sido todas razones más que justificadas para rechazar la idea de Andrea de ir a la playa. Pero su idea es muy loca, y las locuras no me son ajenas cuando mi sangre porta un importante porcentaje de alcohol. Entonces camino hasta mi nueva amiga y, una vez más, le ofrezco mi brazo.
Caminamos un par de cientos de metros hasta los médanos, bañados por la luz plateada de la gigantesca luna. Andrea se detiene y suelta mi brazo, tras lo cual empieza a recorrer con la vista el paisaje, sonriendo y girando sobre sí misma para abarcar la totalidad de su entorno.
–Es hermoso, ¿no? –me dice. –Muy hermoso –le contesto, e intento imitar sus movimientos para contemplar el paisaje. Pero al dar medio giro sobre mí mismo, un mareo se apodera de mí y me obliga a sentarme en la arena para no caer de forma humillante.
Pensé que Andrea se sentaría a mi lado, pero en vez de eso, se aleja unos cuantos pasos de mí en dirección a la playa, dándome la espalda. Luego de quedarse quieta unos minutos, contemplando la oscuridad del mar, lleva sus manos hasta su nuca y desanuda el cordón que ciñe su vestido por la espalda.
Atónito, contemplo cómo las manos de la misteriosa dama aflojan el cordón, hasta que su vestido queda suelto, sin nada que lo sostenga a su cuerpo. En cámara lenta (o, al menos, así me parece a mí), el vestido cae en la arena, revelando primero los hombros, luego la espalda, las caderas, y finalmente todo el cuerpo desnudo de Andrea.
Continuará... November 05 El león ChristianCuando empecé a ver este video, pensé que era una joda y que el león iba a terminar comiéndose crudos a sus dueños, pero al final logró conmoverme, y eso que yo no me presto mucho a la sensiblería...
November 04 Nuevo álbum de fotos "Strip Tease"Este álbum es una secuencia de fotos de un strip tease amateur que estuve practicando. Voy a ir completando la secuencia de a poco, hasta donde lo permita el código de conducta de Windows Live Spaces... |
|
|