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October 27 Frases célebres III (cada vez pior)“Sin quilombos, la
vida es un embole”. October 21 ¿Qué es más importante? ¿El placer o el dinero? (parte II)(leer la parte I)
La chica obedece. Me tomo unos segundos para admirarla; ese cuerpo tan perfecto de punta a punta, todo a mi disposición, cubierto únicamente por una tanga... aunque no por mucho tiempo más. Ahora mis labios van hacia el anverso de las rodillas. Al pasar la punta de mi lengua por ese sector, todo su cuerpo se estremece, y se escucha un tenue "mmmmm". --¿Escuché algo? --pregunto. --No --contesta ella, y cierra la boca para evitar que se le escape otro gemido. Me lengua sigue recorriendo la parte de atrás de sus rodillas, para luego subir por el muslo. Lentamente. Al llegar al punto en que comienzan los glúteos me detengo, y beso ligeramente uno de ellos. Luego me ubico por encima de su cuerpo, con una rodilla a cada uno de sus lados, mirando hacia su espalda, y comienzo a masajearle suavemente los hombros, la nuca y la cintura. No tengo idea de cómo hacer masajes, pero sí puedo hacer fricciones relajantes (no es tan difícil). Me reclino sobre ella y, sin dejar de masajear, la beso en el centro de su espalda, humedeciendo su piel. Luego interrumpo los masajes y los besos y me pongo derecho. Sólo
por unos segundos. Después, retrocedo un poco y, con la punta de los
dedos, tomo el elástico de su tanga y lo hago descender un poco, sólo
un poco, lo mínimo indispensable para que quede al descubierto el
principio de ese valle que nace en la base de la espalda y desemboca en
la entrepierna. Hacia allí se dirige la punta de mi lengua. Su cuerpo
pega un respingo en el momento en que mi lengua entra en contacto con
esa zona mágica, que produce una mezcla de cosquillas y excitación.
Voy desplazando la tanga hacia abajo, aprovechando la suavidad de
una piel evidentemente bien cuidada (es lógico que esté bien cuidada,
puesto que esa piel recubre su herramienta de trabajo), al tiempo que
mi lengua recorre ese valle que se va haciendo más y más profundo a
medida que se acerca a su desembocadura. Escucho el aire que entra y
sale violentamente de su nariz, evidenciando que está haciendo un
esfuerzo para mantener su boca cerrada en el intento por evitar que un
gemido escape por allí.Luego de quitar por completo la tanga, me tomo el tiempo para apreciar, en todo su esplendor, a ese cuerpo ahora completamente desnudo. Le doy una nueva orden. --Ahora arrodillate, acercate a la pared, levantá los brazos y apoyá las manos en la pared. Sigue mis órdenes. Su espalda se arquea, sus glúteos se yerguen. --¿Así? --me pregunta, volteando ligeramente la cabeza. --Perfecto. Nada más separá un poquito las piernas. Aprovechando ese espacio entre sus dos piernas, me arrodillo detrás de ella, luego de quitarme toda la ropa excepto mis boxers. Aproximo mi cuerpo al suyo, la tomo de la cintura, apoyo mi pelvis contra sus glúteos. No me quito aún la ropa interior, pues quiero que ella sienta mi bulto pugnando por liberarse. Eventualmente, quiero que ella sea quien me desnude del todo, cuando ya no aguante más y no le importe perder el dinero extra que le prometí. Me reclino, junto mi pecho con sus homóplatos, la abrazo para tomar sus pechos y masajearlos, mientras beso su nuca. Su cuerpo comienza a ondular; sus glúteos quieren sentir mi bulto entre ellos. Hago descender mis manos suavemente por su abdómen hasta llegar al comienzo de la zona levemente velluda de su pubis. Acaricio esa zona cariñosamente. Sus contoneos aumentan en vigor. Luego la aferro de la cintura y la aprieto contra mi pelvis; mi miembro quiere romper la tela que lo oprime. Me detengo y alejo mi cuerpo del suyo. --Ahora quiero que te sientes en la cama, mirándome. La chica se da vuelta y se sienta. --¿Así? --Sí. Más o menos. Levantá las rodillas y separá un poco las piernas. Eso. Ahora reclinate un poco hacia atrás. Apoyate en tus brazos o en tus codos. Ponete cómoda, como si estuvieras tomando sol. Pero no te acuestes; quiero que veas lo que te voy a hacer. --¿Y qué me vas a hacer? Sin contestarle, y manteniendo mi vista fija en sus ojos, acerco mi cara hacia la confluencia de sus muslos. Cuando me encuentro lo suficientemente cerca de sus labios verticales, saco la lengua, y la acerco a ellos, lamiéndolos pero sólo un poco, apenas en los bordes. La excitación le provoca una rápido e involuntaria inhalación por la boca bien abierta, pero en seguida recuerda la apuesta, y la cierra. Mi lengua sigue jugando en su pubis. Su cuerpo se estremece. Su pecho sube y baja al ritmo de una respiración acelerada. Me lengua se mete un poco por entre sus labios vaginales, pero en seguida se retrae. Levanto mi cabeza para mirarla. Su rostro parece expresar un terrible sufrimiento, con los dientes fuertemente apretados y los párpados fuertemente cerrados. Sonrío. Me siento terriblemente perverso. Pero decido continuar el juego un poco más. Vuelvo a acercar mi cara a su pubis y mi lengua vuelve a frotar sus labios, con movimientos cortos y cada vez más veloces. Su ritmo respiratorio se acelera. Todo su cuerpo tiembla como una hoja en el viento. Con sus brazos imposibilitados por permenecer firmes más tiempo, se deja caer en la cama, y comienza a masajear sus pechos. Levanto la cabeza nuevamente. --Está bien, olvidémonos de la apuesta. Te voy a duplicar la paga igual, aunque grites o hagas lo que quieras. Abre dos ojos llenos de odio. Su boca abierta respira con fuerza, recuperando el aliento. Se prepara para atacar. Con un grito de guerra se abalanza sobre mí, me arranca los boxers y comienza a succionarme como si necesitara extrer de mí el antídoto para un veneno que acaba de tomar. Luego se trepa encima de mí. Con eso concluye mi loca fantasía, lo demás es anecdótico. October 16 ¿Qué es más importante? ¿El placer o el dinero? (parte I)Yo nunca pagué por sexo, pero pienso que no vale la pena. Corrijo: nunca lo hice directamente. Sí lo hice muchas veces en forma indirecta. Para conseguir sexo tuve que pagar cenas en restaurantes caros, tuve que pagar cuartos de hoteles, comprar flores o regalos... mínimamente, ponerle nafta al auto. Pero me refiero a que no vale la pena pagarle a alguien para tener sexo con esa persona.
Lo que sí vale la pena, a mi modo de ver, es pagar por algo que va mucho más allá del sexo. A saber: excitación, deseo, ansiedad, insinuación, lujuria... fantasía. La palabra clave aquí es esa: fantasía (ok, ok, el tema de la fantasía se está volviendo demasiado recurrente en mi blog... pero bueno, al fin y al cabo es mi blog y yo escribo lo que quiero. Y al que no le guste, como dice El Diego de la Gente, "que la chupe")
Pagaría cualquier suma que hiciera falta para poder vivir mi fantasía tal como la imagino. Y en realidad no es nada complicado. La escena sería más o menos así:
Entro al boliche, le invito una copa a una de las chicas que trabaja allí, hablamos, nos conocemos un poco, le cuento mis cosas, ella me cuenta las suyas. Al rato, le explico lo que quisiera de ella.
--Me gustaría llevarte a un privado para que hicieras exactamente lo que yo te pida.
--¿Y qué me pedirías que haga?
--Nada.
--¿Cómo?
--Perdón, sólo te pediría que te quites la ropa, pero no toda. Hasta quedarte en ropa interior. Luego no tendrías que hacer nada más... mejor dicho, nada que no desees fervientemente.
Quizás movida más por la curiosidad que por otra cosa, la chica acepta mi propuesta y (luego de pagar los honorarios correspondientes) vamos a un lugar más íntimo.
Una vez dentro, ella sigue mis instrucciones obedientemente. Se quita la ropa en forma sensual, haciendo un strip-tease ante mí, hasta quedar cubierta sólo por un conjunto de ropa interior, que imagino de encaje rojo y negro. Luego se arrodilla en la cama, con las manos sobre los muslos, la espalda derecha, las nalgas sobre los talones, los ojos cerrados.
Después, se queda esperando. Pero la impaciencia le gana.
--Mirá que el tiempo corre --me advierte, casi arruinando el momento.
--Sshhh. Este es mi tiempo, así que dejame que lo use como quiera. Cuando termine mi hora, vas a poder ir con tus otros clientes.
--Ok, me callo.
Camino alrededor de la cama, observando ese cuerpo, ese pelo negro, esa actitud expectante, decidiendo cuál será mi primer movida. Es como en el ajedrez: la apertura puede decidir el destino de la partida. Por eso no hay que apurarse a hacer el primer movimiento.
Dirijo mi atención hacia su espalda. Noto que la mueve un poco, casi imperceptiblemente, así que llevo mis labios hacia sus homóplatos. Acaricio su piel con mis labios secos y ligeramente abiertos. Luego corro el velo negro de sus cabellos lacios y largos, dejándolos caer por entre sus pechos, de forma tal de dejar su nuca y su espalda al descubierto.
Beso su nuca con los labios también abiertos, pero esta vez ligeramente humedecidos, con besos breves y espaciados, al tiempo que acaricio sus hombros sutilmente con las yemas de mis dedos.
Mis besos comienzan a descender por el centro de su espalda, flanqueados en su descenso por las caricias de mis dedos. Al llegar a la cintura, las palmas de mis manos se apoyan sobre su piel y alcanzan su abdómen, prodigándole una serie de lentas caricias.
Noto que su respiración se vuelve más profunda y sonora. En cierta forma me reconforta no escuchar gemidos ni ninguna expresión de excitación, ya que la consigna fue clara: no fingir.
Me distancio de ella un momento, para poner a prueba su ansiedad. Enseguida amaga a voltear para mirar qué estoy por hacer.
--No... vista al frente y ojos cerrados, por favor.
--¡Ufa! --protesta caprichosamente.
Espero unos segundos y luego, con un movimiento certero y rápido de mi mano derecha, desprendo el broche de su corpiño. Su cuerpo se estremece por la sorpresa, e imagino sus cejas arqueándose un poco en un gesto de asombro. Después procedo a correr los breteles de sus hombros, haciéndolos caer sobre sus brazos. Con una ligera colaboración de su parte, el brassier cae sobre la cama y su busto queda al descubierto. Sin embargo, no me asomo a mirarlo ni intento tocarlo; ya habrá tiempo para eso. En cambio, le pido que se acueste boca abajo en una posición cómoda, y que se relaje.
--Mirá que me quedo dormida --me desafía. Aquí es donde viene la clave de mi fantasía. A la chica le gustan mucho dos cosas: la plata y el sexo. Ahora quiero averiguar, ¿qué es más importante para ella, el placer o el dinero? --No creo que te quedes dormida --le digo con tranquilidad--. Es más, te propongo algo. Una apuesta. Si vos lográs no gemir, ni gritar, ni expresar de ninuna forma que estás gozando, te pago el doble. La chica gira su torso para mirarme con una expresión de incredulidad. --Lo que escuchaste --le repito--. Si durante toda mi hora vos lográs no demostrar tu placer de ninguna forma apreciable, duplico tu paga. --¿Y si no me aguanto? --Entonces nada, te quedás con lo que ya te pagué. Lo piensa un poco, y luego me da la mano. --Trato hecho. --Perfecto. Ahora hacé lo que te dije: acostate boca abajo y relajate. Continuará...
October 13 La amante de la luna llena, capítulo por capítuloDado que la escritura de esta pequeña novela llevó más tiempo del que suponía, y debido a que muchos lectores se han perdido las primeras entregas, he decidido (por consejo de mi amiga Sirena) colocar en esta entrada de blog los links a cada uno de los capítulos, para quien la desee leer en orden y completita. ¡Que la disfruten!
Mi nueva fantasía Dada la dificultad de cumplir mi sueño de tener sexo en la playa, me
quedo con una fantasía que quizás sea un poco más simple y realizable
(es que, viviendo en Buenos Aires, acceder a una playa solitaria en
donde tener sexo tranquilamente, es evidentemente algo difícil). En fin, paso a comentar en qué consiste mi nueva fantasía: se trata de recurrir a una proveedora de servicios sexuales (uso este eufemismo ante la falta de una palabra no peyorativa que haga referencia a esta clase de mujeres profesionales) y pagarle sus honorarios como haría cualquier cliente. Pero, a diferencia de lo que supongo hará el común de los clientes, no le pediría a la chica que haga lo mejor que pueda para satisfacerme. Por el contrario, le pediría que haga una sola cosa: que se desvista ante mí, pero quedándose en ropa interior. Y que, después de eso, no haga nada. Que cierre los ojos, se relaje, y me deje a mí hacer el resto. A partir de ese momento, pondría todo mi esfuerzo en dar placer a la chica, procurando descubrir en su cuerpo las claves para lograr su máxima excitación. Pondría tanto empeño en hacerla gozar como el que ella pone para hacer gozar a sus clientes. Sería todo un desafío, ya lo sé. Pero esa es la gracia. ¿Qué mérito tiene dar placer a una mujer cuyas claves se han descifrado hace muchos años? ¿Qué desafío presenta un cuerpo que ya hemos acariciado y besado miles de veces, una mujer de la cual conocemos, con perfección milimétrica, cada uno de los puntos que la hacen estremecer de excitación? No dudo que es gratificante gozar de ese conocimiento en forma frecuente. Es muy satisfactorio aplicar, de primer intento, una caricia o un beso en el lugar exacto y recibir a cambio un inmediato gemido de placer. Es cómodo, en cierta forma. Pero no presenta ningún desafío. Ahora bien, ¿por qué con una profesional del sexo? Para explicarlo, hago una analogía con el ajedrez: puedo jugar frecuentemente con alguien a quien le conozco a la perfección las técnicas, los movimientos y las mañas. Disfrutaría jugando habitualmente con esa persona, y de seguro esa persona lo disfrutaría de la misma manera. Ocasionalmente cambiaríamos alguna técnica para sorprender al otro, para presentarle aunque sea un pequeño desafío. Sería algo bueno, gratificante, y lo podríamos hacer por siempre. Pero, aunque fuera por una vez, desearía poder jugar con un ajedrecista profesional. De seguro perdería, pero aún conociendo el resultado de antemano, quisiera enfrentar el desafío, para saber de lo que soy capaz. Para saber si puedo captar aunque sea un mínimo de interés de parte de ese jugador profesional. Para saber si, al final de la partida, me daría la mano y me diría "buen partido", o si por el contrario, me diría simplemente "pibe, seguí practicando". Si fuese aficionado al ajedrez, ese simple comentario quedaría en mis oídos por el resto de mi vida. Pero no soy un aficionado al ajedrez ni mucho menos. Y de hecho, en cuestiones de sexo tampoco soy "EL" experto. Así que lo más probable es que en cualquiera de las dos situaciones reciba un "pibe, seguí practicando", ya sea del maestro de ajedrez o de la maestra de sexo. Pero no me importa, igual quiero hacer el intento (sólo con lo del sexo; el ajedrez no me interesa en lo más mínimo). En todo caso, me gustaría que, si la chica me dice "pibe, seguí practicando", al menos acepte ayudarme en mis prácticas. Y sí, esa es mi nueva fantasía. Creo que está dando vueltas en mi cabeza desde el pasado 21 de mayo... ![]() October 11 La amante de la luna llena, última parteMis dudas y temores comienzan a brotar de mi ser en forma visible, como si fuera un manantial de aguas turbias y opacas. Me envuelven y giran a mi alrededor en un torbellino, haciéndome sentir mareado y confundido. “Tenés vértigo. Es normal. No es fácil acostumbrarse a estar libre de las limitaciones del cuerpo físico. También tenés muchas preguntas. Concentrate en una, la que sea más esencial”. El torbellino de preguntas comienza a aquietarse y a desaparecer, hasta que sólo queda una gran duda girando a mi alrededor: “¿Por qué?”. La respuesta de Andrea no se hace esperar. “Por que debíamos encontrarnos. Sin saberlo, tú me buscabas, y yo esperaba pacientemente a que me encontraras”. “Pero no soy el único”, fue la nueva duda que surgió de mi, reemplazando al “por qué” anterior. “Es verdad, otros vinieron a mí antes que tú. Conozco la leyenda. Yo soy a quien llaman el fantasma de Bello Horizonte. Pero no soy un alma en pena que busca venganza, ni vengo a buscar hombres para llevarlos al otro mundo. Sólo ofrezco un nuevo comienzo a quienes lo desean. Para asegurarme de que realmente lo desean, les doy tiempo para pensarlo, como te lo di a ti, entre una luna llena y la siguiente”. “¿Deseo un nuevo comienzo?”, me pregunto, y Andrea me escucha. “Eso sólo tú lo sabes. Pero si no lo deseas, ¿por qué viniste?” “Vine en busca de mi destino”. “El destino no es algo que puedas buscar. Es el destino quien te encuentra a tí. En este caso, yo ayudé al destino a encontrarte”. “Entonces mi destino era empezar una nueva vida... Muy bien, ¿cuándo empieza?” “Ya comenzó, en el momento en que conociste a quien será tu novia, esposa y madre de tus hijos”. “¿Cómo? ¿Quién?” El
cuerpo luminoso de Andrea comienza a desdibujarse, a transformarse en un
círculo de luz que de a poco va disminuyendo en tamaño. Aunque siento
que se aleja, todavía sus pensamientos forman parte de los míos. “La misma mujer que gentilmente prestó su cuerpo para que tú y yo nos conociéramos”. El círculo de luz se transforma en un punto; una estrella brillante en medio de una penumbra absoluta. “Esperá, no te vayas”, le ruego a Andrea. Antes de desaparecer, me deja un último pensamiento que queda resonando en mi mente. “No te preocupes, nos volveremos a ver el día en que te separes definitivamente de tu cuerpo. Pero ahora, disfrutá de tu nueva vida”. La oscuridad me envuelve completamente. De pronto, siento mi cuerpo otra vez. No es nada agradable. Siento un frío mortal, al tiempo que un torrente de agua salada sube desde mis pulmones por mi garganta, hasta finalmente salir por mi boca. Toso violenta y convulsivamente, mientras mis pulmones vuelven a llenarse de bocanadas aire. Mi corazón, que latía descontrolado, comienza a calmar de a poco su ritmo, y noto que mi temperatura corporal comienza a elevarse. Sigo tosiendo, aunque más suavemente. Minutos después logro abrir los ojos. Lo primero que veo es una luz blanca e intensa. En seguida descubro que se trata de la luna, ahora sin nubes que la oculten. Estoy tendido en la arena, y veo una persona arrodillada a mi lado. De a poco descubro su rostro. Es Juan.
Giro la cabeza a mi izquierda y veo a otra persona tendida en la arena a mi lado. Una mujer. Angelina. Parece estar inconsciente. Lleva puesto el vestido de Andrea. Mis pensamientos se revolucionan en un estado de intensa confusión. –¿Qué le pasó? –pregunto con dificultad– ¿Está…? –Ella está bien –contesta Juan–. Sólo está desmayada. Mi puño izquierdo está cerrado, aferrando algo. Es el collar de Andrea con su piedra celeste. De a poco me voy incorporando. –¿Qué pasó? –pregunto. –¿Que qué pasó? –grita Juan–. ¡Que casi te ahogás, pedazo de abombado! Si no fuera por que aprendí técnicas de resucitación, te aseguro que no la contabas. ¿Y me podés explicar quién es esta mujer, por la que casi perdés la vida? Angelina abre los ojos y comienza también a recobrar la conciencia. Está tan confundida como yo, o quizás más aún. El adiós Pasó ya casi un mes desde aquella ocasión. Estoy nuevamente en la playa de Bello Horizonte, caminando otra vez bajo la luz de la luna llena; pero esta vez, tomado de la mano con Angelina. Al acercarnos a las rocas de Los Corralitos, suelta mi mano y, con una sonrisa, me indica que haga lo que vine a hacer. Camino solo hasta la roca más alta que puedo alcanzar sin riesgo de tropezar. Meto mi mano en el bolsillo para extraer el collar con la piedra celeste que hizo que Angelina (y probablemente otras mujeres antes que ella) fueran poseidas y transfiguradas por el espíritu de Andrea. Es el momento de que la amante de la luna llena encuentre nuevas almas para encarrilar, por lo cual debo dejarla en libertad. Dejo el collar sobre la roca, para que la luz que refleja actúe como un faro que atraiga a su próxima portadora. De todos modos, esa luz quedará para siempre en mi corazón, recordándome que un día volveré a encontrarme con quien me enseñó a amar más allá de los límites de los sentidos. Fin. A un año de haber hecho realidad mi fantasíaHace exactamente un año, más o menos a esta hora, estaba próximo a encontrarme con quien sería mi compañera en la loca fantasía de hacer el amor con alguien a quien nunca hubiese visto antes. Cuando cierro los ojos todavía recuerdo la excitación de la noche anterior (en la que apenas pude dormir), los preparativos, los temores, la ansiedad, todo… y parece como si lo hubiera soñado. (A quien no lo haya leído o no lo recuerde, sugiero leer mi blog del 11 de octubre de 2008, junto con las publicaciones de algunos días antes y algunos días después) Recuerdo como si hubiera sido ayer el instante del encuentro, la charla inicial, la caminata hasta el hotel, el primer beso, el encuentro de nuestros cuerpos, el éxtasis, la relajación, la charla posterior, y la despedida. Recuerdo los días siguientes. Yo pensaba que luego de esa primera vez habría otras; suponía que a cada momento encontraría oportunidades para imaginar nuevas fantasías a cumplir. Pero no. ¿Por qué? No lo sé. Quizás es que no logré imaginar fantasías que superaran a aquella, entonces no hubo nada que yo quisiera tan fervientemente hacer realidad. Quizás inconscientemente me dije “ya está, ya lo hice” y me planté, y preferí no correr más riesgos como los que corrí ese día (que fueron muchos). Como sea, esa fantasía me enseñó que siempre es posible soñar, y que a veces los sueños se hacen realidad. Me dejó también una experiencia que nunca voy a olvidar. Y me enseñó que tengo que estar siempre atento, por que, como dice Rubén Blades, “la vida te da sorpresas…” Ahora, tengo una promesa que cumplir: escribir el final de “La amante de la luna llena”, así que a trabajar. Estas son un par de fotos que me traen recuerdos del 11 de octubre del año pasado: October 02 ¡Gracias Mary! Mary, tu blog acerca de mi foto me emocionó hasta las lágrimas, me hizo reír, me hizo pensar, me puso celoso, etc. No alcanzaba un simple comentario en el blog para expresar todo eso, así que opté por dedicarte estas reflexiones: 1. ¡Gracias! Es verdad que me tomé esa foto especialmente para vos, pero no imaginé que causaría tal reacción de tu parte. Es para mí una alegría enorme que te haya gustado. 2. Soy bastante más duro que vos para expresar emociones (creo que es algo que en general nos pasa a muchos hombres), pero lo tengo que decir: te adoro. 3. Afectos como el tuyo son los que me motivan a seguir escribiendo, a seguir volcando mis sentimientos en palabras. Te nombro oficialmente mi musa mayor. 4. ¿Qué tiene Colin Farrell que no tenga yo? (además de plata, claro está). 5. Si venís por Argentina, de alguna forma arreglo con mi mujer y veo cómo hago para escaparme. Avisame un tiempito antes, así voy ejercitando los bíceps. 6. Así como vos tenés predilección por los bíceps, sabés que mi fetiche son las crestas ilíacas. Acepto gustoso si me querés regalar unas fotos de algunas, pero que no sean de una modelo... prefiero la autenticidad... tú me entiendes. |
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