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    January 30

    Pasión Gitana

    flamenco Pictures, Images and Photos  Hace poco conocí a una bailaora que me inspiró esta canción... tiene música, sólo que aún no he podido grabarla.

    Nahair
     
    A tus pies rendido
    estoy cuando tu bailas
    para mí
     
    Tu pasión gitana
    es fuego que consume
    mi sentir
     
    Tus ojos prohibidos
    son una razón
    para morir
     
    Nahair
     
    Por las noches me desvelo
    por tenerte
    junto a mí
     
    Susurrando en mis oídos
    un poema
    romaní
     
    Ondeando tus velos
    cual lenguas de fuego
    carmesí
     
    Nahair
     
    El vibrar de mi guitarra
    al ritmo de tus castañuelas
    desata tu pasión gitana
    conmueve mi alma en pena
     
    El fulgor de tu sonrisa
    y el vaivén de tus caderas
    alimentan mis recuerdos
    cuando mis ojos se cierran
     
    Nahair

    Tu pasión gitana
    es fuego que consume
    mi sentir
     
    Nahair



    January 24

    La amante de la luna llena, 4ta parte

    (Autor: Yo)

     

    (ver la primera, segunda y tercera parte en posts anteriores de este blog)


    El balneario de Bello Horizonte presenta un escenario muy distinto el sábado a la tarde del que mostraba la noche de la fiesta. Los mismos árboles que en aquella ocasión parecían soldados firmes, rindiendo homenaje a una luna majestuosa, hoy mueven sus ramas al ritmo de una brisa amable y al rayo del sol de la tarde.

    La casa de Angelina se encuentra (como muchas de las casas del balneario) oculta tras una abundante cantidad de pinos y eucaliptos. Un camino serpenteante parte desde la calle y llega hasta la puerta de entrada de la casa. Lo recorro lentamente con mi auto, hasta que veo a Angelina esperándome frente a la puerta de su casa, flanqueada por un gran perro lanudo. Si bien aparenta ser algunos años mayor que yo, la dama es más joven de lo que había imaginado al escuchar su voz por teléfono; debe rondar los 40, estimo. Quizás el dejo de tristeza que noté en su voz fue lo que me hizo suponer una edad mayor.

    Luego de estacionar y bajar del auto, cargando mi mochila y esquivando el embate cariñoso del perro, Angelina me invita a pasar al living de la casa, ofreciéndome para sentarme un sillón situado junto a un ventanal que permite obtener una vista privilegiada del jardín, iluminado en estos momentos por el sol vespertino.

    –Estaba preparando té. ¿Tomás una taza? –me pregunta Angelina.

    –Sí, me encantaría. Traje algo para acompañar –le contesto, a la vez que le entrego un paquete que saco de la mochila–. Es una pasta frola, espero que te guste.

    –¡Pero! No era necesario –me reprende amablemente–. Pero sí, me gusta.

    La viuda va hasta la cocina para traer el té, llevándose la torta para servirla junto con la infusión. En su ausencia, aprovecho para recorrer el ambiente con la vista. La decoración y el amoblado sitúan a la casa en un punto intermedio entre una vivienda permanente y una de fin de semana o vacaciones. Ciertos vestigios de una decoración descuidada son propios de una casa de fin de semana, pero la existencia de determinados objetos –tales como una computadora– sugiere un uso permanente del inmueble. Imagino que en alguna época se usaba para pasar los fines de semana, pero actualmente parece ser la vivienda permanente de Angelina. Diría que vive sola.

    La dueña de casa vuelve al living trayendo una bandeja con una jarra de té, dos tazas y recipientes con leche y azúcar, además de la pasta frola cortada en porciones. Luego de dejar la bandeja en la mesa del living, se sienta en un sillón contiguo al que yo ocupo, y procede a servirme el té. Terminado el trámite, me mira y se dispone a iniciar la charla.

    –Bueno, así que tuviste un encuentro con la fantasma.

    –Así parece –contesto arqueando las cejas, luego de respirar hondo.

    Abro mi mochila nuevamente y saco de ella la camisa que traía el día de la fiesta. Aunque la mancha de alquitrán está algo borroneada, aún es posible leer el mensaje.

    Luego de ver la camisa, Angelina se levanta, diciéndome que la espere un par de segundos, puesto que va a traer algo que necesita mostrarme. No son mucho más de dos segundos lo que tarda en volver, trayendo consigo otra camisa.

    –Esta era de Javier –me explica Angelina, mientras me entrega la camisa–. La encontraron un par de días después de su desaparición, durante uno de los rastrillajes que los policías hicieron por los médanos en busca de alguna pista. Me explicaron que la camisa había sido enterrada deliberadamente en la arena, pero el viento la había expuesto parcialmente. Fijate en la tela de la espalda.

    Extiendo la tela de la camisa, observando algunas manchas, que –con cierta imaginación– parecen letras borroneadas e ilegibles. Froto la tela con mi dedo pulgar, apretándola contra el índice, y noto que las manchas no salen fácilmente; bien podrían ser de alquitrán. Miro a Angelina con un gesto que mezcla preocupación con perplejidad, al tiempo que le devuelvo la prenda.

    –Parece que nuestra fantasma tiene predilección por escribir en las camisas –retoma la explicación, intentando suavizarla con una sonrisa–. Supongo que Javier la enterró para que yo no me enterase de lo que había pasado en la playa.

    Angelina interrumpe su explicación y mira al suelo. Noto que los recuerdos le hacen revivir un antiguo dolor.

    –¿Cuánto hace que ocurrió? –pregunto, como para forzarla a sobreponerse y continuar su explicación.

    –Dos años. En abril se cumplieron dos años de su desaparición. El supuesto primer encuentro con la fantasma había sido en marzo –la viuda dirige una mirada perdida hacia el cielorraso, mientras hurga en su memoria–. Recuerdo que la noche en que discutimos, y que luego él se fue a caminar por la playa, había una luna llena que brillaba como nunca en un cielo sereno. Ningún árbol se movía. En cambio, la noche en que desapareció, fue tormentosa. La luna llena se hacía visible de a ratos entre las nubes –la voz de Angelina comienza a quebrarse–. Me acuerdo que un viento terrible sacudía los árboles…

    No puede continuar. Cubre su rostro con sus manos para ocultar sus lágrimas. Después de dudarlo unos instantes, la abrazo tímidamente para brindarle consuelo, pero ella enseguida se sobrepone. Luego de secar sus lágrimas y serenar su respiración, me mira fijo, con expresión seria, y toma mi mano.

    –Andrés, yo no sé lo que pasó aquella noche de marzo en que mi marido y yo peleamos y él se fue. Fantasma o no fantasma, Javier se encontró con alguien en la playa que lo cautivó, llegándole hasta lo más profundo de su alma. Me tomó tiempo aceptarlo, pero entendí que durante el tiempo que pasó entre una luna llena y la siguiente, él no pensaba en otra cosa que en encontrarse de nuevo con esa persona, ese ser, o lo que fuera. Estoy segura de que a vos te pasa lo mismo ahora. También estoy segura de que cualquier intento por convencerte de que no vayas al encuentro la próxima luna llena va a ser inútil, pero igual tengo que intentarlo. Andrés, si apreciás tu vida, no vayas. No sé si tendrás familiares, hijos, una novia, pareja, o algún ser querido, pero si los tenés, pensá en ellos. Buscá las razones que tengas para vivir; estoy segura de que vas a encontrar miles. Pensá en todas esas razones, y no vayas.

    Aunque miro al suelo mientras la escucho hablar, sus palabras me penetran como si fueran pronunciadas por la voz de mi consciencia. Luego de reflexionar unos momentos sobre lo que me acaba de decir, levanto la vista y la miro a los ojos.

    –Hay algo que no entiendo –le digo con el ceño fruncido–. ¿Por qué lo deja para un segundo encuentro? Si la intención de esta fantasma es llevarse a sus víctimas con ella, ¿por qué no lo hace desde el principio?

    –Me hice la misma pregunta miles de veces –contesta Angelina, intentando esbozar una sonrisa–. La mejor explicación que se me ocurre es que quiere cerciorarse de que sus víctimas estén enamoradas de ella. Si van a la “cita”, es por que lo están.

    Con esta última explicación me doy por satisfecho. Creo que Angelina ya me dio toda la información que pudo, incluyendo algunos sabios consejos que quedaron rondando en mi cabeza. “Pensá en las razones que tengas para vivir, y no vayas”. “Quiere cerciorarse de que sus víctimas estén enamoradas de ella”. ¿Estaré enamorado? Y si así fuera, ¿estoy dispuesto a morir por amor?

    Angelina cambia de tema. Me pregunta en qué parte de Montevideo vivo, en qué trabajo, etc. Imagino que no recibe visitas muy a menudo, por lo cual me convence de quedarme un rato más a cambio de una charla trivial y alguna taza más de té o unos mates. La idea no me desagrada; a pesar de ser sábado, no tengo planes, así que acepto quedarme un rato en compañía de la viuda. Así es como me entero de que la costa de Bello Horizonte no es de mar sino de río, aunque la mayor parte del tiempo el agua es salada. También me entero de que Angelina y su marido no tuvieron hijos. Finalmente, me cuenta que ése fue el principal motivo por el que ella y Javier tuvieron esa discusión, aquella noche de marzo, que signó el destino del pobre hombre: ella sentía que debían tener hijos, y él no estaba de acuerdo.

    Ya se hizo de noche. Miro el reloj, no tanto para ver qué hora es, sino para darle un indicio a Angelina de que pienso irme.

    –No te entretengo más –dijo la dama, captando mi señal–. Es tarde, supongo que te tenés que ir.

    –Es verdad, me tengo que ir, aunque me podría quedar charlando por tiempo indefinido. Aparte la paz de este lugar es increíble. Nada que ver con Montevideo.

    Angelina se pone de pie y yo la imito. Pero en vez de acompañarme hacia la puerta, se para frente a mí y toma mis manos.

    –Andrés, se nota que sos una buena persona –me dice mirándome a los ojos–. De seguro hay cosas buenas en tu futuro. Por favor, cuidate.

    La abrazo, sensiblemente emocionado por lo que me acaba de decir. Ella responde al abrazo, aferrándose fuertemente de mi espalda. Al cabo de un rato, me palmea, dando a entender que hasta ahí llega el abrazo.

    –Andá nomás. Espero que me vengas a visitar de nuevo, después de la próxima luna llena.

    Los dos reímos distendidamente por el comentario. La saludo con un beso, saludo al perro, y subo al auto para emprender el regreso a casa.


    Continuará...



    January 09

    2008, el año de la crisis

    ¿Crisis? ¿Cuál crisis?

    No me refiero a la crisis económica internacional, ni a nada de política, ni a ninguna de las cosas que aparecen a diario en los diarios. Me refiero a una crisis personal, que tienen muchos de los hombres a mi edad: la crisis de los 40.

    Hasta hace un tiempo creía que era un mito, o en todo caso, que yo no la sufriría. Pero la sufrí. O mejor dicho, la estoy sufriendo.

    Cuando se aproximaba mi último cumpleaños, y hasta unos días después del mismo, se me había pegado la canción “A partir de mañana” de Alberto Cortéz. “A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida, a partir de mañana empezaré a morir la mitad de mi muerte…”.

    El primer síntoma de la crisis fue ponerme a pensar en lo que había hecho durante la primera mitad, y en lo que habría de hacer durante la segunda. Y haciendo un repaso de la primera mitad, me pareció que había hecho demasiado poco. Digamos, había plantado varios árboles, escrito varios libros y tenido dos hijos. Pero por más que esas se consideren metas suficientes para el común de la gente, para mí no eran suficientes.

    Por ejemplo, no había conocido suficientes mujeres. Me puse de novio a los 20 y ahí seguí derecho hasta el casamiento, a los 27. Y desde entonces fui un ejemplo de buen comportamiento. Durante los 20 años que llevo compartidos con mi mujer, nunca tuve  ojos para otra. No podía ser que siguiera así, sin siquiera conocer una mínima experiencia de diversidad.

    Casi sin proponérmelo, tuve la oportunidad que buscaba. Sí, fui infiel; al menos desde el punto de vista social (para más detalles sobre este hecho en particular, ver las entradas de mi blog de octubre de 2008). Pero mi consciencia estaba tranquila. Logré convencerme de que había sido fiel a mí mismo.

    Por un tiempo estuve feliz; casi diría que estaba en las nubes. Había sido la realización de un sueño, de una fantasía soñada secretamente durante un largo tiempo. Pero pasada la alegría inicial, sobrevino una especie de depresión. Es que quería más, necesitaba más. Mi aventura había sido cosa de una única vez. Es lógico, las fantasías sólo pueden cumplirse una vez. Pero el cumplimiento de esta fantasía había despertado en mí una sed de más y más locas fantasías.

    Pero tuve que conformarme sólo con el grato recuerdo.

    Para canalizar mis energías reprimidas por algún lado, hice otra cosa que nunca creí que haría: ejercicio. Sí. Se me dio por cultivar mi físico. Otra señal de la crisis de los 40. De alguna forma, esperaba que con un físico más atractivo, tendría más posibilidades de conocer mujeres y tener aventuras.

    Nada de eso pasó, pero al menos el ejercicio comenzó a rendir sus frutos. Me aparecieron músculos donde yo antes creía que sólo había piel y huesos. Me miraba al espejo y no lo podía creer. Me entusiasmé, y me armé una estricta rutina de ejercicios que cumplí y cumplo religiosamente todas las mañanas. Pero de las mujeres que caerían rendidas ante mis nuevos atractivos, ni noticias. Un par de compañeros de trabajo me preguntaron si estaba haciendo fierros. Bueno, al menos alguien lo notó…

    Aunque ellos no fueron los únicos. También mi esposa lo notó. Pero no me lo dijo. Sé que lo notó, por que cuando estamos en la intimidad, sus manos se detienen bastante más de lo normal a acariciar mis bíceps o mis pectorales. Además nuestra vida sexual mejoró. Tal vez, secretamente me acaricia a mí y se imagina que está con algún hombre de sus fantasías (bien podría ser Brendan Fraser, por que sé que la enloquece; además, hay que reconocer que el chabón tiene su facha).

    Pero en fin. La mejora en la vida sexual conyugal fue una consecuencia inesperada de mis energías reprimidas por no poder cometer nuevas infidelidades. Tal vez la crisis de los 40 no sea tan mala, después de todo.